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HCE Internacional

Hans-Claus Ewen en viajes misioneros o en servicios con oración y predicación.

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Vita Hans-Claus Ewen

Hans-Claus Ewen nació en 1958 en Ehrang, hoy parte de la ciudad de Trier. Creció en un hogar católico, pero durante sus años de bachillerato fue convirtiéndose poco a poco en ateo. En la búsqueda de respuestas a las grandes preguntas de la vida, viajó mucho en su juventud y, a la edad de 18 años, ya había visitado 18 países del mundo.

Durante un largo viaje por los Estados Unidos en 1978, tuvo la experiencia de escuchar la voz de Dios de manera audible. Aunque todavía no creía en Jesucristo, esta experiencia marcó un cambio en su vida. En el viaje que siguió inmediatamente por México, surgió en él el deseo de permanecer en ese país para estudiar en la universidad. Con ese objetivo, en febrero de 1979 se trasladó a Guatemala para aprender español. Allí se enamoró de una de sus profesoras, Teresa Aracely López, y decidió quedarse. Antes de casarse en julio de 1980, tuvo otro encuentro que transformó su vida: el misionero Elliott Tepper le habló del evangelio, y Hans-Claus aceptó este mensaje, feliz de haber encontrado finalmente la verdad que había buscado durante tanto tiempo en la persona de Jesucristo.

Entre 1980 y 1982, Hans-Claus y Teresa asistieron a dos escuelas bíblicas de corta duración de la organización “Juventud con una Misión” en los Estados Unidos y Colombia. Junto con el pastor guatemalteco Julio Sosa, fundó posteriormente la iglesia Tabernáculo de la Fe en Huehuetenango, Guatemala. A principios de 1989, junto con el educador Eustaquio Gómez, fundó la escuela cristiana confesional “Colegio Tabernáculo de la Fe”, un proyecto que, según sus propias palabras, considera el más importante de su vida. La escuela inicia en 2026 su año número 37.

A finales de 1989, Dios los llevó de regreso a Alemania junto con sus dos hijas. Tras algunos años de trabajo y formación, en 1998 regresaron al ministerio pastoral a tiempo completo. En el año 2000 se fundó en Kirchberg / Hunsrück el Centro Cristiano Hunsrück, y en 2004 la iglesia “Oasis” en Kastellaun.

En 2008, después de casi 28 años de matrimonio, falleció su esposa Teresa. En 2009 contrajo matrimonio con Ester Greco, una siciliana nacida en Alemania. De ambas mujeres afirma que, en cada ocasión, se ganó el premio mayor.

Además de su labor fundacional y pastoral, Hans-Claus se ha dedicado de manera especial a la enseñanza de la Palabra de Dios. Desde 2018 trabaja como autor. Al ser trilingüe, ha predicado y enseñado en 14 países del mundo y ha impartido varios cursos en escuelas bíblicas. Hans-Claus es miembro del grupo de trabajo “Duelo y Suicidio” de la Alianza Evangélica de Española. Por encargo de esta entidad, en 2025 publicó un pequeño manual para líderes y consejeros pastorales que acompañan a familiares que han perdido a un creyente por suicidio.

Recomendaciones de iglesias e instituciones

Muchas iglesias y ministerios cristianos en América Latina han experimentado el servicio de HCE como una verdadera bendición. En sus testimonios resaltan la sensibilidad espiritual, el acompañamiento cercano y fiel, y una profunda comprensión de los desafíos que enfrentan las comunidades locales. El trabajo realizado en un espíritu de confianza, con un corazón dispuesto a escuchar y una clara orientación al llamado de Jesucristo, ha generado frutos duraderos y procesos de renovación y esperanza. Estas experiencias respaldan de manera clara y agradecida el ministerio de HCE.

Hans-Claus Ewen - Vita

 Vita Hans-Claus Ewen

Nací en 1958 como el tercer hijo de un empresario en Ehrang, cerca de la ciudad más antigua de Alemania, Trier. La familia era católica, por lo que yo también seguí el camino normal de un católico, hasta la confirmación. Poco tiempo después teniendo trece años, sin embargo, le comuniqué a mi madre —mi padre ya había fallecido cuando yo tenía seis años— que no volvería a ir a misa.

De mi infancia solo recuerdo dos o tres ocasiones en las que oré a Dios de manera seria. Cuanto mayor me hacía y, reforzado por la educación humanista en el instituto, más se alejaba Dios de mí y yo aún más de Él. Cuando terminé el bachillerato, me definía a mí mismo como ateo. Mi ateísmo era bastante agresivo y totalmente implacable hacia las personas que seguían confesándose creyentes. Sentía lástima por quienes todavía creían realmente en un Dios. En aquella etapa estaba lo más alejado posible de la cosmovisión bíblico-cristiana, con la cual, tal como me había sido presentada hasta entonces, no podía identificarme en absoluto.

Como hijo de una familia de empresarios, desde muy joven tuve relativamente mucho dinero a mi disposición. La necesidad y la carencia eran experiencias desconocidas para mí. Aun así, alrededor de los 15 años comencé a preguntarme seriamente por el sentido de la vida. Los valores que me habían sido transmitidos no lograban responder de manera satisfactoria a las verdaderas preguntas de mi corazón. Intenté encontrar el sentido de la vida en el deporte, en las relaciones, en el sexo, en el alcohol y en viajar a otros países, pero siempre sin éxito y, a menudo, acompañado de grandes decepciones. Hiciera lo que hiciera, permanecía en mí un vacío que simplemente no se podía llenar.

Estados Unidos

De alguna manera se fue afianzando en mí la idea de que el problema debía estar en Alemania. Tras terminar el bachillerato, de pronto me encontré sin relación, sin metas y sin perspectivas. Por ese motivo, en el verano de 1978 decidí emprender un largo viaje a través de los Estados Unidos. Junto con un buen amigo y su novia, nos pusimos en camino para recorrer el país. Yo ya había estado allí tres veces, pero esta vez teníamos una furgoneta y, en principio, tiempo ilimitado. Debido a la complicada convivencia entre nosotros, pronto surgieron fuertes conflictos. Para evitarlos, me separé de mis amigos en West Yellowstone, la entrada y salida oeste del Parque Yellowstone, y continué viajando haciendo autostop.

A partir de ese momento, Dios comenzó a intervenir directamente en mi vida. Miré el mapa y descubrí que estaba muy cerca de Shelley, Idaho. Años atrás había conocido en un tren en el sur de Francia a dos chicos de ese pequeño pueblo, e incluso recordaba su apellido: Tschikof. Así que viajé hasta Shelley y los localicé a través de la guía telefónica. Al final me quedé allí un total de diez días y también conocí a su familia. Una tarde, la madre de los chicos conversó conmigo sobre la fe en Dios y en Jesús. Sinceramente, me daba pena aquella mujer. Hablaba de esas cosas con una convicción como si fueran verdaderas, cuando en realidad no podían serlo. ¿O sí?

Todo me parecía muy extraño. Continué viajando hacia el oeste, rumbo a California. En la carretera uno conoce todo tipo de personas: camioneros, gente amable, gente perversa, etc. Un hombre rico que conducía un Cadillac me dio un folleto de los Adventistas del Séptimo Día, una iglesia de la que nunca había oído hablar. Al llegar a California decidí llegar hasta la playa del Pacífico para pasar allí la noche. Era la primera vez que dormía al aire libre sin tienda de campaña. El lugar más cercano era Bodega Bay, al norte de San Francisco. Al atardecer encendí una fogata y utilicé el folleto para prender el fuego. Solo leí brevemente la parte de atrás, donde se mencionaba algo sobre un predicador y la Biblia. La playa estaba completamente desierta y me sentía algo solo en este mundo. Frente a mí el Pacífico, a izquierda y derecha una playa aparentemente interminable y detrás de mí los Estados Unidos.

Mientras estaba absorto en mis pensamientos, de repente escuché clara y distintamente una voz atrás de mi que me dijo: “Hans-Claus, no estás solo. Yo estoy contigo”.

La voz fue tan clara que me di la vuelta para ver quién me hablaba, pero no había nadie, al menos nadie visible. Como no estaba ni borracho ni drogado, aquella experiencia me impactó profundamente, porque supe de inmediato que Dios me había hablado, ese Dios que, en realidad, no existía. En ese mismo instante pasé de ser ateo a ser teísta. Cuanto más reflexionaba sobre la experiencia, más asombrado quedaba por ese Dios que se me había revelado sin que yo lo hubiera buscado. Evidentemente se trataba de un Dios personal, que conocía mi nombre, se interesaba por mi vida y quería acompañarme en mi camino.

Desde ese día quedé, de repente, abierto a todas las religiones, pues no sabía a cuál debía atribuirle a ÉL. Cuando durante mis viajes no me sentía bien, entraba en iglesias católicas —no conocía otras— y observaba las imágenes y figuras que colgaban o estaban colocadas allí. De alguna manera eso me llenaba de paz y continuaba mi viaje.

México

Para prolongar mi viaje en el tiempo, decidí poco después salir de los Estados Unidos rumbo a México. Viajar en México era mucho más barato y podía volver a utilizar autobuses. Además, sinceramente, estaba bastante cansado de hacer autostop, sobre todo porque en California me encontraba constantemente con gente perversa. Crucé la frontera en Nogales, Arizona, y de inmediato me sentí como en casa. Tras una breve parada en Guaymas, llegué poco después a Guadalajara, Jalisco. Allí me enamoré de la cultura y aprendí mucho sobre México y el estilo de vida latinoamericano. Un estadounidense mayor que vivía allí me acompañó en mis descubrimientos, y yo estaba encantado. Siguiendo su consejo, viajé más al sur, a Uruapan, en el estado de Michoacán.

En la oficina de turismo conocí a una mexicana y nos enamoramos muy rápidamente. Animado por esta relación, se fue haciendo cada vez más claro para mí que quería pasar el resto de mi vida en este nuevo mundo. Al cabo de pocas semanas comencé a dar pasos concretos. Visité la universidad en Ciudad de México para informarme sobre cómo podía estudiar allí. También busqué escuelas de español y así llegué a la dirección del Proyecto Lingüístico Francisco Marroquín en Antigua, Guatemala. Mi proyecto de “estudiar y vivir en México” se volvió tan claro que interrumpí mi viaje y regresé en autobús, pasando por varias paradas intermedias, hasta Nueva York. En diciembre de 1978 ya estaba de vuelta en casa y comencé de inmediato a reunir la documentación necesaria para mis estudios en México. También me inscribí en la escuela de idiomas en Guatemala y recibí relativamente pronto una plaza para un curso intensivo de español de ocho semanas en Huehuetenango, Guatemala.

El 14 de frebrero, Día del Cariño, de 1979  llegó el momento: ¡emigré oficialmente! El vuelo a Ciudad de México fue embellecido con una escala de una noche en Nassau, en las Bahamas, aunque la primera noche en el nuevo mundo la pasé durmiendo en el suelo del apartamento de una conocida.
¡Bienvenido a Latinoamérica!

Visité brevemente a mi novia en Uruapan y luego, el 24 de febrero de 1979, llegué a Huehuetenango, Guatemala.

Guatemala

La escuela comenzó dos días después y fue realmente muy intensa, ya que se pasaban siete horas diarias con un(a) profesor(a) y se vivía con una familia que no entendía ni una palabra de “idiomas extranjeros”. Aprendí muy rápido y muchísimo. En la sexta de mis ocho semanas, Teresa Aracely López Herrera fue mi profesora.

Me enamoré de inmediato de la que sería mi futura esposa. Tenía una presencia que nunca antes había percibido en ninguna otra mujer. Había algo en ella que yo no conocía. Solo muchos años después comprendí que había visto a Jesús en ella. Al conocernos mejor, descubrí que era una cristiana católica carismática muy comprometida, con principios firmes. Todas las cosas que entonces eran importantes para mí, como el sexo y el alcohol, eran inaceptables para ella.

Aunque todavía tenía presente mi experiencia con Dios en la playa, para entonces me había entregado a un estilo de vida muy hedonista, que me absorbía por completo. Teresa fue mi salvación, porque yo iba por un camino que, sin duda, habría terminado en el caos total.

Tras pocas semanas estaba tan enamorado que decidí decírselo a Teresa. Para ella la situación era muy difícil, ya que yo no representaba precisamente la imagen de un hombre para toda la vida. No tenía más formación que el bachillerato ni cualificación profesional alguna. Teresa tenía dos profesiones —maestra de primaria y profesora de español— y además estudiaba fruticultura en su tiempo libre en la universidad local. También había pedido a Dios un esposo que fuera cristiano y con quien pudiera crecer espiritualmente. Por eso su respuesta fue muy prudente: me dijo que primero regresara a México y definiera seriamente qué quería hacer con mi vida.

De todos modos, tenía que volver a México, ya que allí había abierto una cuenta bancaria y todavía tenía algunas maletas. También me sentía inquieto, porque debía terminar la relación con la mexicana. Sin embargo, tras unas 48 horas de viaje en autobús, al llegar a Michoacán todo resultó más fácil de lo esperado: ella terminó conmigo antes de que yo pudiera decir nada. Así pude recoger rápidamente mis cosas y emprender el viaje de regreso a Guatemala. En el camino visité a una conocida estadounidense en una escuela de idiomas en Cuernavaca e hice paradas en Acapulco y Oaxaca. Después de unas cuatro semanas estaba de nuevo en Guatemala, aunque primero fui a Antigua, la antigua capital.

A comienzos de junio de 1979 regresé finalmente a Huehuetenango, con medio kilo de marihuana en el bolsillo. Primero busqué alojamiento y luego mi vida consistió, en un inicio, en convencer a Teresa de mi amor y de mis intenciones serias.

No había pasado ni una semana desde mi llegada cuando, en el patio de la escuela, un estadounidense llamado Elliott Tepper se me acercó con la pregunta de si yo era cristiano. No supe qué responder, pues había sido criado como católico, pero aun así no sabía realmente qué significaba ser cristiano. Entonces Elliott me hizo otra pregunta que cambiaría por completo mi vida: “¿Conoces a Jesús?”

Le pregunté, medio en broma, si se refería al de “los agujeros en las manos y en los pies”, pero en mi interior la pregunta me impactó profundamente. Elliott no hizo caso a mi comentario y comenzó a hablarme de su relación con Jesús. Para mí, Jesús estaba muerto. Lo había visto colgado cada día de mi vida en Alemania en un crucifijo sobre la puerta de la cocina, y esa imagen se había grabado en mi mente: Jesús, muerto en la cruz. La Iglesia católica presenta a Jesús principalmente en sus dos momentos aparentemente más débiles: como bebé en el pesebre y como crucificado, casi siempre ya muerto.

Elliott Tepper, en cambio, me habló de un Jesús vivo y muy real, con quien se puede tener una relación personal. Con el tiempo supe que Elliott era misionero en México y que estaba perfeccionando su español en Guatemala. Podría haberse pensado que era uno de esos fanáticos religiosos estadounidenses, pero un día me contó que había graduado de economía de la Universidad de Harvard y que Dios ahora lo llamaba a predicar en otros países. Al mismo tiempo, en la escuela de español de Teresa estudiaban otros cinco misioneros aproximadamente, quienes me “adoptaron” con mis miles de preguntas. Pasé las siguientes ocho semanas preguntando y escuchando con total fascinación. Lo que estas personas, procedentes de muy distintas confesiones cristianas, me contaban, nunca lo había oído antes en mi vida. Hablaban de oraciones respondidas, de milagros, de sanidades y de que podían escuchar la voz de Dios, quien los guiaba de manera muy concreta. Eran historias de otro mundo y poco a poco me di cuenta de que no eran inventadas. Estas personas se habían conocido recién en Huehuetenango, venían de distintos países y, sin embargo, todas describían lo mismo en relación con Jesús.

Elliott consiguió de alguna manera un Nuevo Testamento en inglés para mí y comencé a leer. Poco a poco, Jesús fue tomando forma también para mí.

Durante ese tiempo, Teresa me habló del grupo carismático de la Iglesia católica, en el que ella era una de las líderes. Elliott me llevó ocasionalmente a algunos cultos, que no me ayudaron demasiado. Uno en particular, en una iglesia pentecostal, me resultó especialmente difícil; estuve a punto de irme, pues el predicador me parecía completamente desquiciado. Teresa también me invitó, y así conocí a los carismáticos católicos. Ni siquiera sabía que existían. El ambiente alegre de las reuniones y la atmósfera tan amorosa del grupo me resultaron muy atractivos. Me sentía a gusto, aunque todavía no entendía del todo de qué se trataba.

Las reuniones tenían lugar los domingos y los miércoles por la noche en un edificio anexo de la catedral. ¿Ir a la iglesia dos veces por semana?
Para entonces ya me daba igual, porque sabía que estaba en el camino correcto y que algo especial me esperaba.

Así, Teresa me invitó a un encuentro de oración llamado la Adoración del Santísimo. No tenía idea de lo que eso significaba. Resultó que se trataba de colocar la hostia ya consagrada en la custodia y orar en esa presencia. Personalmente, ya no tenía una relación con esos signos, símbolos y enseñanzas de la Iglesia católica. Pero había escuchado lo suficiente como para saber que, si existía Dios, debía ser un Dios vivo. Así que, por primera vez desde mi infancia, me arrodillé de nuevo y comencé a hablar sencillamente con Dios. Pedí perdón por mis pecados y le pedí que se me revelara. El encuentro duró casi tres horas y pasé la mayor parte del tiempo orando. Al levantarme al final, sentí cómo el amor de Dios entraba en mi vida y me inundaba de pies a cabeza. Fue una sensación indescriptible. Aquella noche nací de nuevo sin saber realmente lo que eso significaba. De camino a casa con Teresa, de repente me quedó claro que mi búsqueda de años por la verdad y el sentido de la vida había llegado a su fin. En Jesús lo había encontrado todo. También comprendí de inmediato por qué estaba en el mundo: para conocer mejor a mi SEÑOR y servirle.

Elliott Tepper ya había regresado a su casa en México, pero algunos de los misioneros se quedaron para seguir acompañándome con mis muchas preguntas. Mike Hrabal, que en aquel entonces estaba en Jalisco, México trabajó y ayudó muchísimo y pasó mucho tiempo conmigo. También el carismático sacerdote Andrés Girón me fue de gran ayuda para comprender mi vida recién encontrada.

En mi gratitud sentí entonces la necesidad de servir también a mi SEÑOR. La Iglesia católica tiene en la ciudad un asilo para pobres llamado El Amparo, donde me postulé de inmediato y fui aceptado. Mi trabajo consistía en cortar leña, bañar a los ancianos y hacer mandados para las monjas. En total permanecí allí casi cuatro meses; vi mucha miseria humana, pero también mucho amor sincero hacia los más pobres entre los pobres.

En el tiempo siguiente leí mucho la Biblia y, al hacerlo, me di cuenta cada vez más de que, desde mi punto de vista, existían enormes contradicciones entre ella y la enseñanza y práctica de la Iglesia católica. Hablé de ello con el sacerdote, pero solo recibí la respuesta: «¡Ah, así que estás leyendo la Biblia!». Después de varios meses de lectura y preguntas, me quedó claro que tenía que tomar una decisión: o creía a la Biblia o a las enseñanzas de la Iglesia católica. Me decidí por la Biblia y abandoné la Iglesia católica.

Desde entonces han sucedido muchas cosas. Fui bautizado en marzo de 1980 en Antigua Guatemala por Elliott Tepper, en la congregación de nuestro amigo, el misionero Ronny Gilmore, pues, como dice la Biblia: «El que creyere y fuere bautizado, será salvo».

Teresa y yo nos casamos el 26 de julio de 1980. Nuestro matrimonio estuvo bajo el siguiente lema: «Pero yo y mi casa, serviremos al SEÑOR…» Josué 24:15b.
El SEÑOR nos regaló dos maravillosas hijas, Teresita y Aline, ambas nacidas en Guatemala.

En 1980 y 1982 asistimos a dos escuelas de discipulado de Juventud con una Misión en Arkansas, Estados Unidos, y en Bogotá, Colombia. Posteriormente ayudamos al pastor guatemalteco Julio Sosa a fundar la “Iglesia Cristiana Tabernáculo de la Fe” en Huehuetenango, la cual codirigimos hasta finales de 1989.

Alemania

En noviembre de 1989, obedeciendo una clara palabra de Dios, nos trasladamos a Alemania. Tras algunos años trabajando como lavaplatos y almacenista, y después de estudiar dos años y graduarme de técnico en comercio exterior, en 1993 llegamos a la Christengemeinde Arche en Idar-Oberstein. Después de algunos años más —yo ya trabajaba como secretario de la gerencia en una empresa de construcción en madera— pasé a formar parte del liderazgo de la iglesia y luego, el 1 de abril de 1998, fui nombrado co-pastor.

Desde agosto de 1994 vivíamos en Kirchberg y, poco a poco, fue desarrollándose la visión de fundar allí una nueva iglesia. Tras aproximadamente un año de preparación, inauguramos el Centro Cristiano Hunsrück el 12 de noviembre de 2000. Esta nueva iglesia creció muy rápidamente para los estándares alemanes, de modo que apenas tres años y medio después pudimos fundar otra congregación, La Oase, en Kastellaun.

Lamentablemente, mi amada esposa Teresa falleció tras casi 28 años de un matrimonio muy feliz y pleno. Nuestra iglesia escribió en un obituario:

«El 9 de abril de 2008, tras una breve y grave enfermedad, Teresa Aracely López de Ewen fue llamada por su Señor Jesucristo a la eternidad. Teresa, junto con su esposo Hans-Claus, fundó el Centro Cristiano Hunsrück en Kirchberg. Con su carácter empático, amoroso y cálido, marcó profundamente a la congregación y vivió de manera convincente el lema de la iglesia: “Servir con amor”. Como congregación, conservaremos el recuerdo de Teresa en nuestros corazones».

Siguió un tiempo muy difícil para nuestra familia y para la iglesia. 

Yo mismo he tenido la gracia de encontrar por segunda vez a una mujer maravillosa que desea compartir su vida conmigo. Ester es una siciliana nacida y criada en Alemania, a quien conocí y aprendí a amar durante nuestro trabajo de plantación de una iglesia en Trier. Nos casamos en mayo de 2009. A finales de 2016 concluí mi ministerio como pastor de la iglesia.

Después de entregar el liderazgo de la iglesia en Kirchberg, a pocos meses me enfermé del corazón, al final del años 2017 me pegó una depresión moderada, y en enero del 2018 tuve una cirugía de mi hombro derecho que tardó varios meses para sanar. Durante todo este tiempo estaba orando al Señor para que me indicara, de qué forma debía servirle. Un día me recordó que desde mis inicios en la fe me había llamado a ser un maestro de Su palabra. 

Medianos del año 2018 la iglesia en Idar-Oberstein, donde había servido como anciano y co-pastor anteriormente, me dio empleo para dedicarme a la enseñanza, sirviendo en otras iglesias de Alemania y varios países. Acababa de lanzar mis primeros dos libritos en Español, y empecé a predicar por Facebook y YouTube. 

Desde junio del 2018 he publicado 17 libritos en Español, siete en Alemán, y cuatro en Ingles. He servido en más o menos 40 iglesias diferentes en Alemania, España, EEUU, México, Guatemala y Argentina.

Aunque oficialmente soy jubilado desde febrero del 2024, sigo sirviendo al Cuerpo de Cristo con los dones que el Señor en Su gracia me ha dado.

Hans-Claus Ewen
Kirchberg, enero de 2026

 


 

 

 

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